miércoles, agosto 03, 2005

Cosas...

Quiero hablar de las cosas. Esas cosas, entes inanimados que nos rodean, que guardamos, que nos regalan, que cuidamos, que compramos. ¡Cosas!, tangibles, objetos, cuerpos, materia.

Quiero hablar de esos cassettes acumulados por aaaaaaños en mi pieza, del papelito escrito al compañero o por el compañero que estaba tan o más aburrido que yo, de la entrada al cine atesorada en cajón porque me recordaba lo bueno de la compañía, de esos flyers que no quedaron por lo interesante del diseño, sino porque evocaban algún momento especial. O, tal vez, de esa camisa que el compañero creativo confeccionó con la caja de cigarros en algún carrete escolar, del dibujito hecho en la clase de historia para no quedarme dormida, de la hojita de los puntitos que mataban el ocio durante mis primeros años de universidad, de la polera tela de cebolla que no me saqué en todo un verano y que ahora no la usaría porque es horrible y chillona, porque de su linda forma sólo queda el recuerdo y porque tendría que realmente dejar de comer por un mes para que me vuelva a entrar –no quiero morir de inanición-. Sí, quiero hablar del vació envase de perfume guardado en algún rincón de mi clóset, de las mostacillas –o como se llamen- y conchitas que adornaban ridículamente una trencita aún más ridícula algún verano adolescente, del encendedor que, caballerosamente, algún interesante individuo me obsequió una tarde perdida del 2000… sí quiero hablar de todas esas cosas.

¿Por qué? Porque ya no están, las boté, las deseché, las dejé partir y, por Dios que me costó.

Los hechos fueron así: el sábado tuve un impulso, limpiar, ordenar, purificar mi espacio. Había escuchado, los días anteriores, que el caos del ambiente promueve el caos mental. Si bien nunca, pero nunca, hago caso a esas sugerencias o consejos, éste, por algún motivo, me hizo sentido. Tal vez porque me he dado cuenta que duermo mucho mejor cuando mi pieza está sin olor a cigarro y ordenada. Bueno, me hizo sentido. Así que el sábado, muy temprano, me puse mi buzo más horrendo y emprendí una tarea que culminó recién a las cinco de la tarde –fue una labor no exenta de interrupciones, como fumar, meterme a msn, navegar por páginas perdidas de internet, etc. etc. etc.-.

En fin, di vuelta cuanto cajón se cruzó por mi camino y saqué todo, pero todo lo del clóset. El resultado: yo, representando una isla y a mis ‘cosas’ representando al mar.
Luego de haberme sentido lo suficientemente sobrepasada, asfixiada, abrumada y angustiada por el panorama, hice lo que siempre hago en esos casos: FUMÉ. No hay como un cigarro en momentos de desesperación. Permanecí impertérrita observando ese todo y nada frente a mis ojos, hasta que de pronto se apoderó de mí una idea que me iluminó: botar, botar, botar sin parar y menos pensar. Así, introduje en la bolsita, sin piedad ni criterio, todas esas cosas, que antes mencioné, y más, muchas más. Todo con una leve y permanente duda de si estaría bien lo que estaba haciendo. Finalmente, cerré la bolsa, salí de mi departamento, abrí la puerta del basurero y la dejé ir… sí, adiós recuerditos, adiós tesoros guardados con tanto cariño por tantos años, adiós objetos que persistieron en su existencia gracias a mi pereza. Adiós, para sieeeeeeeeeeeeeeempre. Adiós cosas que guardé creyendo que alguna vez volverían a ser útiles. Adiós.

Todo esto suena un poco fome, largo, tedioso y exagerado, tal vez. ‘Cuático’. Bueno, así soy yo. Pero para mi es como una mini y chanta metáfora. De qué?, de las cosas de la vida.

Primero: las cosas, son cosas. Los verdaderos recuerdos quedan en la memoria, en un diario, una foto… al menos para mí.
Segundo: desprenderse, en la vida, es difícil. Uno no sólo se desprende de cosas, también, todos los días, uno se va desprendiendo de situaciones, personas, trabajos, parejas… sí, porque hay que continuar y, aunque, sean o hayan sido importantes, mantenerse apegado a ellos no siempre resulta saludable.
Tercero, porque cuando me muera nada de lo que acumule en vida se va a ir conmigo. Si persisto en mis creencias, a lo más me llevaré el tesoro de mis experiencias… pero cosas, jamás.
Y, cuarto, porque el caos ambiental definitivamente promueve el caos espiritual.

En definitiva, hice limpieza. Lo más triste es que ayer fui al cine e inconscientemente ya guardé la entrada en un cajón. La voy a botar.